“Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo que se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. (Gál 1: 3-5)


Me crié en Argentina, en una ciudad que estaba a ocho horas de la playa más cercana. Un verano, cuando tenía 12 años, mi familia y yo nos fuimos de vacaciones a la costa. Nos quedamos en un apartamento situado en la zona costera. Obviamente, lo único que hicimos fue disfrutar del mar, la arena y el sol. Una de esas tardes, cuando me encontraba jugando con las olas del mar, la marea comenzó a arrastrarme hacia dentro. El agua me llegaba sólo a la altura de la cintura, pero dio igual lo mucho que nadé, no lograba salir de ese remolino. Estaba atrapado. Hasta que llegó mi padre y alzando su brazo me libró de lo que pensé sería una muerte segura. A partir de este momento, pasé el resto de mis vacaciones tratando al mar con respeto.

Hace un par de meses, al leer Gálatas 1:4 pensé en este mismo incidente. Pablo escribe a los Gálatas para defender el verdadero evangelio frente a un grupo de personas que se estaban alejando rápidamente de esta verdad. De ahí que, en los versículos siguientes, Pablo les hablase duramente. Incluso les dice que si alguien predicase un evangelio contrario al que él predicó que fuese anatema. Es evidente, que para Pablo los Gálatas estaban enfrentando un serio problema.

Sin embargo, en el saludo inicial el apóstol escribe: “Jesucristo que se dio sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gál 1:4). Antes de confrontar a la iglesia, Pablo en los cinco primeros versículos les recuerda el verdadero evangelio. En el versículo 4, concretamente, vemos que Cristo se entregó a sí mismo por nuestros pecados, y murió para librarnos de este presente siglo malo, en obediencia a la voluntad de Dios.

Quisiera detenerme en el hecho de que Cristo murió para librarnos de este presente siglo malo. ¿Por qué murió Jesús? ¿Murió para librarnos del infierno? ¿para llevarnos al cielo? ¿Se sacrificó porque le dimos pena? La respuesta a cada una de estas preguntas es “sí.” Pero, aun así, creo que Pablo nos da una respuesta más precisa y exacta: Jesús se entregó a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de presente siglo malo. Es decir, Jesús murió para salvarnos de este siglo malvado.

La pregunta es obvia entonces, ¿qué significa este siglo malo? Pablo escribe que Jesús murió para salvarnos (librarnos) de esto mismo. En griego koiné, la palabra “librar” enfatiza la acción de “arrancar” a alguien de un contexto determinado. O sea, Cristo al morir por nosotros nos “arrancó” de este presente siglo malo. Por otro lado, Pablo, al utilizar esta frase (presente siglo malo), no está hablando del tiempo cuando él vivió, ni tampoco de una época futura. Sino que lo que tenía en mente era el sistema en el cual todos vivimos: el sistema del mundo dominado por Satanás y sus ángeles. Así que lo que el apóstol quiere decir es que Cristo nos arrancó del poder que domina este mundo en el cual vive el creyente, aunque esperamos el día cuando también seremos arrancados de este mundo. Pablo se está refiriendo al poder que el pecado tenía sobre nuestras vidas y que Cristo anuló. De modo que ahora ante Dios no somos esclavos del pecado.

Así como mi padre me sacó con fuerza del agua, Cristo nos arrancó del dominio que el poder de esta era ejercía sobre nosotros. A pesar de que seguimos en el agua, el poder de Cristo nos protege de las olas y los remolinos que nos rodean. Jesús es nuestra única fortaleza y protección frente a la maldad que intenta derrumbarnos. ¡No hay nadie tan fuerte como Él! Mi padre podría haberse resbalado, pero Cristo está firmemente arraigado, Él no caerá. Sólo Jesucristo puede sostenernos perfectamente para siempre. El mismo poder de Aquel que hizo el océano es el mismo poder que nos afirma en la Roca frente a la amenaza de las olas malvadas de este siglo.

¿De qué manera nos afecta esta verdad? Pues que básicamente debe determinar nuestra forma de vivir. Debemos aferrarnos a la realidad de que Jesús murió para librarnos de esta era malvada y vivir una vida que manifiesta que ya no somos esclavos del poder del pecado.

Creyente, cuando el pecado te tiente, recuerda y cree que Jesús pagó el precio por tu pecado, y que ese pecado y el sistema del mundo no ejercen dominio sobre ti. Renueva tu mente con esta verdad. Tienes a tu disposición el poder de Cristo.

La corriente de este mundo puede ser resistida, gracias al poder de Cristo, más que suficiente para protegerte del ímpetu de este mundo que tanto quiere arrastrarte. Como dice el himno inglés: “Cristo rompe el poder del pecado, su precio ha pagado, deja libre al condenado, al que antes era su esclavo.”

¡Has sido liberado! Tu Padre alzó su brazo y te sacó de la corriente del pecado. ¡Vive a la luz de esta verdad! 

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Gustavo Pidal es misionero de Grace Community Church en León, España, donde sirve como anciano en la Iglesia Evangelica de León. Además, es Decano de Estudiantes y Profesor en el Seminario Berea. Tiene una licenciatura en Historia de la Universidad del Estado de California y un M.Div. de The Master’s Seminary. Gustavo lleva 16 años de casado con Melissa y tiene 3 niños (Cael, Coen y Cian), todos varones.